lunes, 13 de junio de 2011

Manifestación antinuclear en Japón

Por el destierro de la Bestia Nuclear

por Richard Wilcox, 13 de junio de 2011



El crecimiento por el mero crecimiento es la ideología de la célula cancerosa
– Ed Abbey

Tres meses después del terremoto del 11 de marzo y del desastre nuclear de Fukushima, miles de personas se manifestaron en Tokio y otros lugares de Japón en una acción contra la energía nuclear. Aunque los organizadores esperaban conseguir un millón de manifestantes, Japón es una sociedad muy conservadora donde la mayoría de la gente no se expresa su descontento en la calle. Aunque el movimiento antinuclear es pequeño, las voces se han hecho oír para sacudir los cimientos de la decrépita y corrupta industria nuclear. Se ha sabido ahora que el 12 de abril de 2012 se va a proceder a una parada de todos los reactores nucleares de Japón para operaciones rutinarias de mantenimiento. Sabemos que si no volviesen a funcionar y se viese libre Japón de la energía nuclear, aumentaría la dependencia de otras fuentes energéticas (petróleo, gas natural, carbón, etc). Por este motivo, hay mucho gente que no protesta, aunque cada vez son más los escépticos contra la energía nuclear: más de los dos tercios apoyan el cierre de la central nuclear de Hamaoka.

Todo esto llega en un momento en el que el FMI, los saqueadores de las economías nacionales, recomiendan triplicar los impuestos de ventas de Japón para ayudar al pago de sus deudas. La economía de Japón no se ha recuperado debido a la devastación provocada por el maremoto en el noreste, seguido de una gran incertidumbre sobre los acontecimientos de Fukushima. Los miles de millones de dólares destinados a pagar el desastre nuclear no incluyen los daños que se han producido a la economía en general. Muchas empresas se han contenido en sus compras de los famosos productos de té verde y el sashimi (pescado crudo) debido al riesgo de contaminación por radiación.

Se están pidiendo pruebas de que la radiación no afecta al suelo, el aire, los alimentos y el agua. En Tokio sólo hay una estación que mide los valores de radiación en el aire, aunque el Gobierno ha dicho que pondá cien de ellas en distintos lugares. Las micropartículas, los átomos inestables emitidos por la central de Fukushima, se están expandiendo por la atmósfera, lo que ha hecho aumentar la preocupación de las personas.

Las manifestaciones que se han producido contra la energía nuclear resultan esperanzadoras para aquellos que anhelan un poco de cordura en este mundo inestable. Pero para pasar de la energía nuclear a otras formas de energía se van a requerir decisiones difíciles, con una planificación a largo plazo y un programa nacional de ahorro de energía. Japón tiene gran cantidad de ingenieros llenos de ideas creativas, pudiendo recurrir incluso a las energías alternativas, a sistemas de ahorro de energías, el uso de materiales alternativos en la construcción y medidas similares. Artistas y arquitectos podrían imaginar ciudades habitables y enviar a los burócratas a sus edificios de hormigón durante sus aburridas reuniones.

Culturalmente hablando, esto requerirá un cambio en los valores, dejando a un lado la codicia, y yendo a una mayor simplicidad. Estos no son los valores de la mayor parte de las personas en este momento, después de que las televisiones y las escuelas difundan un modo de pensar cercano a los valores de las corporaciones. Lo que uno ve en Tokio durante estos días es un consumo insaciable, que genera montañas de basura, de envoltorios de plástico procedentes de China, en lugar de los tradicionales valores japoneses de frugalidad y contención.

Los medios corporativos de Japón están fuertemente influenciados por las empresas de energía eléctrica, que han ignorado en gran medida el desastre de Fukushima, así como los movimientos de protesta. Nos enfrentamos a una población más preparada para la codicia capitalista, sometida al mundo virtual de los ordenadores, frente a la necesidad de una orientación comunitaria, sencilla, con otros estilos de vida.

Los intereses creados se resisten al cambio, como ya hemos visto durante las campañas para promover la unidad nacional en apoyo de los pescadores y agricultores, a pesar de que algunos de sus productos están contaminados por la radiación. Toda la industria tradicional de construcción se ha convertido en Japón en una industria que sólo sabe hacer cubos de hormigón – Estas personas no se pasan el tiempo contemplando los reflejos de Henry Thoreau (En lo salvaje se encuentra la preservación del mundo). El reciclaje de lodos radiactivos para la construcción de bloques de hormigón con el fin de reducir costes y reactivar la maltrecha economía de Japón es algo temerario. Una fabrica, en el barrio de Koto de Tokio, puede haber incinerado lodos radiactivos y haber difundido la radiación de Fukushima por segunda vez. Las madres protestaron.

Japón podría reducir su enorme consumo de energía, simplemente deteniendo este consumismo desenfrenado. Las máquinas expendedoras consumen mucha electricidad, por no mencionar las tiendas convencionales que permanecen abiertas durante los 7 días de las semana durante 24 horas. Con ciudades con más vegetación, menos pobladas, se podría reducir el consumo de energía, también con la construcción de viviendas de cáñamo, que se mantienen frescas durante el verano y cálidas durante el invierno; un regreso de la gente al campo para actividades agrícolas, ocupando a numerosos desempleados, descontentos con su trabajo y dando lugar a una renovación espiritual. Sin embargo, actividades económicas como las de la Asociación Trans Pacífico, llevan a Japón en la dirección opuesta, hacia una mayor dependencia en las importaciones, mientras se reduce drásticamente la autosuficiencia alimentaria.

Quizás esto parezca más fácil de lo que es, y quizás las energías alternativas y el uso de materiales alternativos no sea algo tan simple. Pero el cáñamo industrial es de hecho una planta milagrosa que preserva el medio, que sólo utiliza un 25% de la cantidad de tierra que utilizan los bosques para la industria del papel y la madera. Ya lo decía el escritor sueco Firmin Debrabander en un reciente artículo:

Es el momento de ser valientes y de pensar en cambiar nuestro estilo de vida, nuestros valores y perspectivas. Los poderes se resisten a cambiar los hábitos de los consumidores, han decidido dejarlos intactos tanto tiempo como sea posible, porque para ellos es lo mejor. Prefieren meternos en los coches eléctricos en lugar de abandonarlos por completo… necesitamos medidas más drásticas en este momento (1). 

Muchos de estos dilemas tendrán que ser probados, juzgados y resueltos, y muchas políticas fallarán. Sin embargo, desterrar la energía nuclear al abismo de donde vino debe ser una posición intransigente. A pesar de que muchos países siguen presionando para que ésta se mantenga, el aire se escapa del balón más rápidamente de lo que podamos inyectarlo en su interior.

La radiación de Fukushima ( tal vez un 20% de la radiación emitida por Chernobyl), sin incluir las toneladas de agua radiactiva que TEPCO ha echado al mar), puede ser una de las causas de la mayor mortalidad natal en América del Norte. Podemos estar seguros de que aumentará la mortalidad por cáncer en Japón, tal vez en varias decenas de miles, si no más. Como dijo Arnie Gunderson, experto en la central de Fukushima: “no estamos fuera de peligro todavía”. Gunderson piensa que dentro de un año cuando los reactores se enfríen lo suficiente para mantener su control, esto será una buena noticia, pero se habrá lanzado una gran cantidad de radiación (150 terabecquerels pro día, según las estimaciones del Gobierno). Además el reactor nº 4 llevará más tiempo asumir su control. Su piscina de combustible gastado de residuos altamente radiactivos se encuentra en una situación muy precaria, y que un nuevo terremoto podría causar nuevos estragos.

Mientras tanto, la ciudad de Fukushima, en la que residen unas 290.000 personas ( unos 10.000 niños han sido enviados a otras partes de Japón por seguridad), sufre de altos niveles de radiación, varias veces superior a la recomendada. Su salud mental y física está siendo sacrificada, junto con los 1300 trabajadores de la central de Fukushima, que poco a poco van perdiendo el sueño equivocado de una “energía limpia y segura”.

(1) Revolución verde: el tiro por la culata.

Richard Wilcox vive en Tokio y contribuye a que los blogs estén mejor documentados sobre la crisis nuclear. 






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