sábado, 12 de junio de 2010

Una nueva biología para una nueva sociedad


Máximo Sandín


En junio de 1999 tuvo lugar en Budapest la «Conferencia Mundial sobre la Ciencia», organizada conjuntamente por la UNESCO y el Consejo Internacional para la Ciencia. Los participantes, en un número próximo a los 2000, elaboraron un manifiesto, impregnado de inquietud, con el título «Declaración sobre la Ciencia y la utilización del Conocimiento Científico», que en su punto 20 afirma: «Que ciertas aplicaciones de la Ciencia pueden ser perjudiciales para las personas, así como para la sociedad, el medio ambiente y la salud humana, y que pueden incluso amenazar la supervivencia de la especie humana...». Y en el 21: «Que constituye una responsabilidad específica de los científicos prevenir aquellas aplicaciones de la Ciencia que resulten contrarias a la ética o que tengan consecuencias indeseadas». Mi intención aquí es dar cumplimiento a este mandato.


Con la utilización en la década de los 70 de la técnica del ADN recombinante nació lo que hoy se conoce como «ingeniería genética» (denominación que discutiremos más adelante). Un nacimiento rodeado de controversias e inquietud... Veamos por qué: La técnica del ADN recombinante consiste en la utilización de enzimas obtenidas de bacterias que son capaces de cortar en trozos el ADN por sitios que tienen tendencia a unirse de nuevo (es decir, no se trata de una invención, porque es la manipulación de un fenómeno existente en la Naturaleza). El uso de estas enzimas hace posible insertar, con mayor o menor precisión, trozos de ADN ajenos en el de virus, plásmidos o elementos genéticos móviles, todos los cuales tienen en la Naturaleza las capacidades de, o bien infectar las células y multiplicarse dentro de ellas, o de insertarse en sus cromosomas y replicarse junto con la célula receptora.


Son lo que se conoce como «vectores», que permiten, por ejemplo, transferir «genes» de una especie a otra con la que no se cruza naturalmente. Pero fueron los propios científicos involucrados en estas prácticas los que se alarmaron ante sus posibles implicaciones. Comprendieron que existía la posibilidad de que un error, o incluso una acción deliberada, condujese a la aparición de nuevos virus y bacterias patógenos, dada la plasticidad y capacidad natural de recombinación de su material genético. En 1974 los investigadores pioneros en este campo acordaron aplazar voluntariamente varios tipos de experimentos que podían resultar arriesgados. En aquellas fechas los conocimientos sobre Genética molecular eran incipientes, pero ya se tenía conciencia de que los microorganismos utilizados como «hospedadores » del ADN recombinante podían convertirse en patógenos incontrolables. Los debates científicos sobre estos riesgos congregaron a los máximos expertos en la materia.


Erwin Chargaff, pionero en las investigaciones que condujeron al desciframiento del código genético, afirmó: «Mi generación, o quizás la que me precede, ha sido la primera que ha librado, bajo el liderazgo de las ciencias exactas, una batalla destructiva y colonial contra la Naturaleza. El futuro nos maldecirá por ello» (Grobstein, 1977). Cuando se pronunciaba esta sentencia, que lleva camino de convertirse en premonitoria, la actividad científica todavía estaba concebida como una profundización en los conocimientos, cuyos avances debían ser compartidos por toda la comunidad científica y sus posibles aplicaciones prácticas por toda la Humanidad. Pero en los Estados Unidos ya se palpaba la inquietud por la posibilidad de que las prácticas de manipulación genética escaparan del control científico y social: «Ha ido ganando terreno la idea de que es necesario dar inmediatamente una base legal a la regulación que se encuentra en las normas de los Institutos Nacionales de Salud. En particular, la regulación debe extenderse a las actividades no financiadas por organismos no federales, especialmente en el sector industrial». También eran contempladas con inquietud las posibles desviaciones de los científicos de la ética científica: «Para estar sobre aviso desde el principio, es de especial importancia un sistema de control eficaz que siga las direcciones reales de la investigación del ADN recombinante. /.../ Es esencial que se sigan de manera sistemática los caminos que toman los intereses de los investigadores, desde los programas de ayudas económicas y las comunicaciones hasta la publicación del trabajo». Finalmente, una conferencia celebrada en Asilomar, California, en la que se discutió sobre los riesgos potenciales de la técnica del ADN recombinante, finalizó con la Declaración de Asilomar, en la que se proponía una moratoria en estas prácticas hasta que se estableciese una regulación.

Como hemos podido comprobar, las inquietudes de los científicos de los 70 estaban plenamente justificadas. En la actualidad, las prácticas de manipulación genética han pasado, en su mayor parte, a estar dirigidas por los intereses de las empresas privadas. La irrupción del «Mercado» en la Ciencia ha transformado la concepción de la investigación hasta convertirla en una actividad comercial. Las perspectivas de rentabilización de los descubrimientos genéticos ha llevado a que muchos genetistas moleculares se hayan convertido en dueños de sus propias compañías de biotecnología, y/o a que colaboren o dependan de la financiación de grandes empresas. Esta actitud es entusiastamente justificada por los medios de comunicación: «Algunos de los investigadores más brillantes, al menos en los Estados Unidos, parecen haberse hartado de que la mina de oro de sus ideas acabe siendo explotada comercialmente por otros y han decidido constituir sus propias empresas» (El País, 9-4-2000). La «economía de libre mercado » y la Biología se han encontrado, y el resultado es que esta última parece haber olvidado su condición de Ciencia que busca el conocimiento para convertirse en una supuesta tecnología (dado el insuficiente conocimiento y control de los fenómenos que manipula) al servicio de la industria y del comercio, y un factor más a incluir en las oscilacionesde la Bolsa (fenómeno del que las multinacionales de la biotecnología son el máximo exponente). La consecuencia de esta degradación del espíritu científico es la creación de un sendero por el que biotecnología y economía caminan alegremente hacia un callejón sin salida, añadiendo a la creciente degradación ambiental, a la extensión de la pobreza y al agotamiento de recursos, la progresión, aparentemente imparable, de los peligros derivados de la irresponsable manipulación genética de los seres vivos. Sin embargo, esta confluencia no resulta sorprendente, porque desde el 24 de noviembre de 1859 la Biología y la Economía han estado estrechamente unidas. Tan estrechamente unidas que sus conceptos centrales y su terminología son prácticamente indistinguibles.


http://revistas.ucm.es/cps/11308001/articulos/POSO0202330537A.PDF


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