domingo, 2 de mayo de 2010

Transgénicos: razones para la sospecha y la preocupación


Principio de precaución

Extraído del artículo “Estilos de gestión de incertidumbre: los productos transgénicos y la polémica sobre la viabilidad del principio de equivalencia sustancial”, escrito por Jósean Larrión Cartujo, de la Universidad Pública de Navarra, y publicado en el número 14: 105-122, de la Revista Athenea Digital (Otoño de 2008)

El principio de equivalencia sustancial se centra en la comparación química entre los alimentos transgénicos y sus parientes tradicionales o no-transgénicos. Se supone y justifica así la seguridad humana y ambiental de los nuevos productos sin tener que demostrarla de un modo más directo y específico. No obstante, para los grupos sociales detractores de estos novedosos productos, merece resaltarse que la mayoría de los alimentos transgénicos no serían exactamente equivalentes en términos sustanciales a sus parientes naturales o no-transgénicos. Sería ésta de hecho una consideración cardinal que también habría sido compartida y documentada por algunos de los colectivos de expertos implicados en esta misma controversia fundamental (Ewen y Pusztai, 1999)

En cualquier caso, se precisa que aunque un alimento transgénico pudiera ser equivalente en términos sustanciales a su pariente convencional, ello no debiera ser considerado un motivo suficiente para concluir que este alimento transgénico pudiera ser totalmente seguro para la salud humana y el medio ambiente. De hecho, según afirman los colectivos de expertos contrarios a la libre proliferación mundial de estos nuevos productos, el principio de equivalencia sustancial siempre podría resultar muy ineficaz e insuficiente para la detección rigurosa y detallada de los posibles riesgos perniciosos asociados al cultivo, el comercio y el consumo de los OGM (Khor, et al. 1995)

En este sentido, con la finalidad esencial de estabilizar y difundir la fuerza relacional de sus razones y argumentos, los grupos detractores de este principio de evaluación de los riesgos acostumbran a servirse de la exposición y la valoración de lo que para ellos sería un caso muy ejemplar y significativo. Me refiero en concreto al polémico caso del llamado mal de las vacas locas o de la Ecefalopatía Espongiforme Bovina (EEB). En concreto, se discute aquí sobre todo acerca de hasta qué punto el comentado principio de equivalencia sustancial habría sido realmente eficaz y adecuado para someter a una evaluación rigurosa a este tipos de animales potencialmente infectados. En este caso, pues, la discusión principal se centraría en torno al conocimiento solvente de la identidad y el comportamiento de los priones, que serían proteínas especificas asociadas al padecimiento de la citada EEB.

Los priones serían por tanto unas proteínas que tendrían una forma anormal y que se acumularían en el cerebro de la res hasta incluso provocar su muerte. Más particularmente, tal y como después se dio a conocer por los distintos medios de comunicación europeos e internacionales, la hipótesis que gozaría de una mayor aceptación entre la comunidad de científicos y técnicos implicados en este problema tan delicado y embarazoso sería que el uso de pienso compuestos elaborados en parte con los restos de animales infectados habría contribuido de una forma notable a la creación y la extensión de la enfermedad de la EEB (Bermejo, 200-2001).

En dicho contexto, múltiples expertos han reconocido que sería en torno al año 1980 cuando sobre todo en el Reino Unido empezaron a utilizarse las harinas cárnicas para alimentar a algunos de estos animales herbívoros. Se denunció que se emplearon además de distintos desechos cárnicos procedentes de algunos mataderos, cadáveres de cerdos, ovejas, terneros y corderos a veces muertos incluso a causa del padecimiento de enfermedades infecciosas.

La primera res afectada por la EEB de detectó oficialmente en el Reino Unido en el año 1985. Los grupos ecologistas europeos denunciaron con posterioridad que por aquel tiempo el gobierno británico ya habría comenzado su estrategia de procurar ocultar todo lo que por entonces pudiera estar sucediendo. Se denunció igualmente que sería en este mismo contexto cuando tendría lugar el despido de varios investigadores, como el caso del virólogo Harsch Narang, que podrían haber estado trabajando a contracorriente en la pista que más tarde sería reconocida incluso oficialmente como la pista correcta del problema. Es decir, la tesis que se sostenía que la comentada enfermedad de las vacas locas puedas estar originada por el consumo vacuno de unos piensos compuestos elaborados en gran medida a partir de restos de animales muertos e infectados (Bermejo 200-2001).

En esta línea, parece necesario desencadenar un debate general sobre las peculiares circunstancias que fomentan que en países supuestamente tan desarrollados unos animales herbívoros sean alimentados con cierta y asombrosa normalidad como animales carnívoros u omnívoros. Pero, al margen de este debate paralelo en el que quizá ahora no debiéramos adentrarnos, cabe resaltar en relación con nuestro caso específico que algunos expertos han sostenido que el prión, que es una proteína infecciosa, sería idéntico en su secuencia de aminoácidos a la proteína celular normal o no-patológica. No obstante, para desconcierto considerable de los expertos partidarios del principio de equivalencia sustancial, se advierte que lo único que cambiaría sería la disposición. Conformación o estructuración espacial. Las proteínas normales y las proteínas infecciosas, por tanto, serían evaluadas aquí en rigor como sustancialmente iguales o equivalentes. Éste sería el problema que a todas luces se evidenciaría medular y sustantivo. Pues de acuerdo con los supuestos cardinales vinculados al principio de equivalencia sustancial, se daría el caso alarmante de que la carne infectada procedente de una vaca enferma sería equivalente en términos químicos a la carne de una res sana. Lo cual indicaría que en modo alguno podrían preverse los posibles efectos futuros de tipo toxicológico, bioquímico e inmunológico de los alimentos transgénicos sólo teniendo en cuanta su composición química. Como en este sentido ha señalado por ejemplo Gregorio Álvaro Campos, portavoz del colectivo Ecologistas en Acción y profesor del Departamento de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad Complutense de Madrid:

Un ejemplo muy ilustrativo de la gran falacia que supone el principio de equivalencia sustancial como base para la evaluación de la seguridad de los alimentos transgénicos en el caso de los priones. Estos son las proteínas responsables de la EEB, cuya composición de aminoácidos es exactamente igual al de aquéllas procedentes de las células sanas y sólo cambia su forma espacial. De acuerdo con el mencionado principio, la carne de una vaca loca es sustancialmente equivalente a la de una sana. El problema radica en que no pueden predecirse los efectos toxicológicos, bioquímicos e inmunológicos de los alimentos transgénicos a partir de su composición química (Álvaro Campos, 2000:75)

No hay comentarios:

Publicar un comentario