domingo, 11 de abril de 2010

La Biología del Libre Albedrío (y 5)


Mae-Wan Ho

Bioelectrodynamics Laboratory,

Open University, Walton Hall,

Milton Keynes, MK7 6AA, U.K.

Journal of Consciousness Studies 3, 231-244, 1996.


V. El organismo como un todo coherente y autónomo


El concepto de coherencia se ha convertido en los últimos 20 años como el concepto que describe la totalidad del organismo. La primera teoría que de forma detallada presenta la coherencia del organismo se debe a Herbert Fröhlich (1968;1980), que argumentó que a medida que los organismos están formados por moléculas dipolares, concentrándose en espacios compactos, interactúan constantemente por medio de fuerzas eléctricas y mecánicas. Los productos metabólicos excitan las macromoléculas de proteínas y ácidos nucleicos, así como las membranas celulares (que suelen tener un fuerte campo eléctrico, del orden de 107 v/m ) . Estas comenzarán a vibrar y tarde o temprano se reúnen formado una agrupación, con excitaciones coherentes, tanto de fonones como de fotones ( sonido y luz), que se extienden a distancias macroscópicas dentro del organismo, y quizás también fuera de él. La emisión de radiaciones electromagnéticas emitidas por una red coherente de semiconductores en estado sólido ha sido demostrado de forma experimental por primera vez (Dekorsy et al, 1995). La posibilidad de que los organismos puedan utilizar radiaciones electromagnéticas entre las células fue descubierto por el biólogo soviético Gurwitsch (1925), a principios del siglo pasado. Posteriormente Popp y sus compañeros de trabajo, a finales de 1970, lo volvieron a recrear, y ahora hay una abundante literatura que crece rápidamente y que nos habla de la emisión de biofotones de forma coherente por los organismos vivos (Popp, Li y Gu, 1992).

Efectivamente, hemos encontrado que si durante un minuto al comienzo del desarrollo del embrión de la mosca de la fruta, se realiza una exposición a la luz blanca, se obtiene una re-emisión de destellos largos y prolongados de luz, que pueden durar varias decenas de minutos o incluso horas, después de la exposición a la luz (Ho y otros, 1992b). Esto es una reminiscencia de la emisión colectiva en fases correlacionadas, o super-radiación, en sistemas físicos, aunque la escala de tiempo sea de varios órdenes de magnitud mayor. Para que se pueda producir esa fase de correlación entre toda la población, hay que suponer que cada embrión tiene una fase colectiva en todas sus actividades, en otras palabras, cada embrión debe ser considerado como un dominio coherente, a pesar de sus múltiples actividades (Ho, Zhou h Haffegee, 1995).

En realidad, esto no difiere de las correlaciones que en fase microscópica se produce durante la sincronización del parpadeo de enormes poblaciones de luciérnagas (Strogatrz y Mirollo, 1998), y en muchas funciones fisiológicas, como la coordinación de las extremidades durante la locomoción (Collin y Stewart, 1992; Kelso, 1991) y el acoplamiento entre la frecuencia cardíaca y la frecuencia respiratoria (Breithaupt, 1989). En esas condiciones, las extremidades o la totalidad de los sistemas circulatorio y respiratorio, deben ser considerados dominios coherentes que pueden mantener relaciones de fase muy definidas en relación con los demás.

Durante el período inicial de desarrollo de la Drosophila, la exposición de los embriones a débiles campos magnéticos causan una transformación global del patrón normal segmentario, apareciendo una configuración helicoidal en las larvas 24 horas después (Ho et al, 1992a). Como la energía que se emplea en este proceso está por debajo del umbral térmico, se concluye que no puede producirse ningún efecto a menos que un campo externo actúe en un campo coherente cuando las larvas parpadean de forma sincrónica, o cuando los cristales líquidos son sensibles magnéticamente durante la fase de alineación a nivel global (Ho, et al, 1994). Los cristales líquidos puede ser la base material, si no de todos, de muchos de los aspectos de la organización biológica (Ho et al, 1996).


Los organismos son cristales líquidos polifásicos

Los cristales líquidos son fases materiales entre el estado sólido y el líquido, de ahí el término, mesofases (DeGennner, 1974). Las mesofases líquido-cristalinas poseen un orden en cuanto a la orientación (todas apuntan en la misma dirección); las moléculas individuales mantienen su posición aunque cambien las condiciones. En contraste con los cristales sólidos, los cristales líquidos son móviles y flexibles y, sobre todo, tienen una gran capacidad de respuesta. Se someten a los rápidos cambios en la orientación o en las transiciones de fase cuando se les expone a campos eléctricos o magnéticos (Blinov, 1993), a los cambios de temperatura, presión, pH, hidratación y diferentes concentraciones de iones orgánicos (Collings, 1990: Kmight, 1993). Estas propiedades son ideales para los organismos (Gray, 1993; Knight, 1993). Los cristales líquidos en los organismos incluyen todos sus componentes básicos: los lípidos de las membranas celulares, el ADN en los cromosomas, todas las proteínas, especialmente las proteínas del citoesqueleto, proteínas musculares, colágenos y otras macromoléculas de los tejidos conectivos. Pueden adoptar muy diferentes mesofases, que pueden ser cruciales para la estructura y la funcionalidad biológica en todos los niveles de organización (Ho et al, 1996) en la canalización de los metabolitos dentro de la célula, determinando el patrón y la respuesta coordinada del organismo completo.

La importancia de los cristales líquidos para favorecer la organización fue reconocida por Joseph Needham (1936), entre otros. Sugirió que los sistemas vivos son en realidad cristales líquidos, y que muchas mesofases líquido-cristalinas pueden existir en la célula, aunque no sean detectadas. De hecho, no ha habido una evidencia directa de que hubiera una amplia variedad de mesofases líquido-cristalinas hasta que se descubrieron con una técnica de observación óptica no invasiva (Ho y Lawrence, 1993; Ho y Saunders, 1994; Newton, Haffgee y Ho, 1995). Esto nos permite obtener una alta resolución y alto contraste en las imágenes de los seres vivos y de esta manera observar las mesofases líquido-cristalinas que ya Needham y otros habían predicho.

Esta eficaz técnica nos permite observar la totalidad de los seres vivos, al mismo tiempo desde las funciones que realiza a nivel macroscópico hasta el alineamiento de fase de las moléculas que componen sus tejidos. Se observan brillantes colores que son específicos para cada tejido, dependiendo de la estructura molecular y el grado de alineación coherente de todas las moléculas, aun cuando las moléculas trabajen afanosamente en las transformaciones energéticas. Esto es posible gracias a que la luz vibra mucho más rápidamente que como lo hacen las moléculas, no distinguiéndose los cristales estáticos de los tejidos al paso de la luz, mientras que los movimientos de las moléculas que lo constituyen son coherentes. Con esta técnica de observación se puede comprobar que los organismos tienen actividad a todos los niveles, y que se coordinan de forma continua, que va desde los macroscópico a lo molecular. Y esto es lo que implica la coherencia del organismo.


Estas imágenes también ponen de manifiesto otro aspecto de la totalidad del organismo: de los protozoos a los vertebrados, sin excepción, tienen una polarización a lo largo del eje anteroposterior, de modo que todos los colores que aparecen de los diferentes tejidos corporales son más fuertes cuando el eje anteroposterior esta debidamente alineado, cambiando la apariencia cuando el organismo gira de esa posición. El eje anteroposterior actúa como el eje óptico para el conjunto del organismo, que se comporta en efecto como un solo cristal. Esto nos despeja la duda de que el organismo es un todo singular, a pesar de la multiplicidad y la diversa naturaleza policromática de sus partes constituyentes.

Los tejidos no sólo mantienen su orden cristalino cuando se activan las transformaciones energéticas, pero el grado de orden depende de esas transformaciones: cuanto más activo energéticamente sea el organismo, mayor es la intensidad de los colores, lo que implica que los movimientos moleculares son más coherentes (Ho y Saunders, 1994; et al, 1996). La coherencia del organismo está estrechamente ligada a su estado energético, como se argumentaba al principio de este ensayo: un conjunto coherente está lleno de energía, una vibración coherente del conjunto.


La coherencia cuántica en los organismos vivos

Las consideraciones anteriores y las observaciones muestran que la integridad ecológica se consigue cuando las partes constituyentes, locales y globales, parte y todo, son indistinguibles, o sea, cuando las actividades del organismo están plenamente coordinadas de forma continua desde lo molecular a lo macroscópico. Esto nos convence (como se argumenta con detalle en Ho, 1993 y Ho, 1996) de que hay algo muy especial en la totalidad del organismo que sólo es captado en su totalidad por la coherencia cuántica. Una apreciación intuitiva de la coherencia cuántica es el pensar que el “yo”, todos y cada uno de nosotros tiene la experiencia de su propio ser. Sabemos que nuestro cuerpo está formado por una multiplicidad de órganos y tejidos, integrado por miles de millones de células, cifras astronómicas de moléculas de muy diferentes tipos, siendo todos capaces de trabajar de forma autónoma y, sin embargo, aglutinándose de una forma singular, dando una experiencia propia. Esto es propio de la coherencia cuántica, lo cual no significa que todos y cada uno de los elementos del sistema deban estar haciendo lo mismo al mismo tiempo, sino que es algo más parecido a un ballet, o una banda de jazz, donde cada música toca su parte, pero en sintonía con el todo.


Un sistema cuántico coherente maximiza la cohesión global y permite la libertad local (Ho, 1993). Esta propiedad técnicamente se conoce con el nombre de factorizability (¿factoriabilidad?): son las correlaciones entre susbsistemas de modo que se comportan como si fueran independientes unos de otros. Esto permite que el cuerpo pueda realizar todo tipo de funciones diferentes coordinadas y simultáneas (Ho, 1995b). También permite una comunicación instantánea, así como la intercomunicación que tiene lugar dentro de todo el sistema. Ahora mi sistema digestivo está funcionando de manera independiente; mi metabolismo trabaja afanosamente en la transformación de energía química en todas mis células, y algo después se formarán depósitos de grasa y glucógeno, mientras que pueden ser fácilmente utilizadas mediante el ATP. Del mismo modo, mis músculos se mantienen a tono, lo que me permite trabajar en el teclado que, con suerte, mis neuronas están mandando patrones coherentes desde mi cerebro. Sin embargo, si sonase el teléfono ahora mismo, lo cogería sin dudar.

La importancia de la factoriabilidad (?) se evoca perfectamente en el personaje de la película “Teléfono rojo, volamos hacia Moscú” Dr. Strangelove, interpretado por Peter Sellers, un científico megalómano que quería gobernar el mundo. Estaba parapléjico e iba en silla de ruedas, pero no podía hablar sin levantar el brazo en forma de saludo nazi. Es un síntoma de pérdida de factoriabilidad (?), que es sello de la coherencia cuántica.

El organismo es coherente de forma ideal, una superposición cuántica de las actividades, organizadas de acuerdo con sus características espacio-temporales, donde cada uno es coherente en sí, de modo que pueda ser coherente con el resto (Ho, 1995b; 1996a). Esto es coherente con la anterior propuesta, la de que
el organismo almacena la energía en todos los dominios espacio-temporales, donde cada uno se comunica entre sí y con el resto; la superposición cuántica también permite a un sistema maximizar el grado de libertad, el grado de libertad justa que requiere una actuación coherente y de acceso instantáneo.

La libertad de los organismos

El organismo maximiza la autonomía local y la intercomunicación global. Se llega al sorprendente descubrimiento de que el organismo es coherente en sentido real, y de forma libre. Nada está bajo control, y sin embargo todo está bajo control. Por lo tanto, es la imposibilidad de trascender el marco mecanicista lo que hace que la gente insista en preguntar qué partes tienen el control, o de dónde vienen las instrucciones, o si existe el libre albedrío, o cómo es la coreografía de las moléculas ¿Hay una conciencia en el control de la materia o viceversa? Estas preguntas tienen sentido cuando uno entiende lo que es un todo coherente y orgánico. En un complejo orgánico todo está conectado, donde parte y todo, lo global y lo local, están tan profundamente implicados que no es posible hacer una distinción entre lo uno y lo otro, de modo que cada parte participa en el control, ya que es sensible y tiene capacidad de respuesta. La coreográfa y la bailarina recaen en la misma persona. El yo es un dominio de actividades coherentes, idealmente, un estado puro que impregna la totalidad de nuestro ser, que no tiene localizaciones o límites definidos, como Bergson dejó escrito.

La posición del “yo” como un campo de actividades coherentes, implica la existencia de una norma: todo agente es libre. Debo subrayar que la libertad no implica la ruptura del principio de causalidad, como muchos han supuesto erróneamente. Por el contrario, un mundo no causal sería un mundo donde es imposible ser libre, ya que nada sería inteligible. Sin embargo, la libertad implica un nuevo tipo de causalidad orgánica que no sea local, y que recaiga en el propio organismo. Es la experiencia de la retroalimentación perceptual, de modo que algo o alguien es responsable de la intuición de causalidad ( véase Freeman, 1990). Sin embargo, no se debe suponer que la causa o la conciencia se encuentra en secreto localizada en alguna parte del cerebro, sino que se distribuye y está deslocalizado por todo el sistema (véase Freeman, 1990).


La libertad en este contexto significa ser fiel al “yo”, en otras palabras, ser coherente. Un acto libre es un acto coherente. Por supuesto que no todos los actos son libres, pues rara vez hay una coherencia total.

Somos libres cuando nuestros actos brotan de nuestro ser, cuando se encuentra ese indefinible parecido entre el artista y su obra”.


La coherencia del “yo” está distribuida de forma no local, viéndose implicada con unas entidades de una comunidad, con las que está imbricada (Witehead, 1925; véase también Ho, 1993). Por lo tanto, ser fiel al principio de libertad no implica actuar contra los otros. Por el contrario, se sostiene en los otros y estos en él, por lo que ser fiel a los demás significa ser fiel a uno mismo. Sólo dentro de una visión mecanicista y darwiniana, la libertad se pervierte en actos de unos contra otros (véase Ho, 1996e). La coherencia del “yo” va parejo con la coherencia con el medio, de manera que se convierte tanto en el control del medio como un ser sensible que recibe estímulos de éste. El organismo participa en la creación de las posibilidades futuras, así como toda la comunidad de organismos del Universo, tanto como lo que Whitehead (1925) había previsto.

Me atrevo a sugerir, por tanto, que una persona verdaderamente libre es un ser que vive de forma coherente la vida, de forma plena y espontánea, sin fragmentación ni vacilaciones, que está en paz consigo misma, y en la facilidad con que el Universo participa en esta creación que hace un futuro posible.


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